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Pedro Lope de Larrea

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Pedro Lope de Larrea
 
Taller de escultura de Salvatierra Agurain  siglo XVI


Pedro Lope de Larrea nació en Salvatierra/Agurain (Álava), en noviembre de 1540 (13 de diciembre de 1623) fue un escultor renacentista alavés inclinado hacia el manierismo romanista de la zona vasco-navarra.

De sus años de juventud no se encuentran datos sobre su vida laboral, sólo a partir del gran incendio que tuvo lugar en Salvatierra en el año 1564 que destruyó gran parte de la población, tras el cual, consta documentalmente que montó un taller en la Calle Zapatari de Agurain por los encargos que obtuvo para la reconstrucción de las obras perdidas y realización de otras nuevas.

En sus primeras ejecuciones se observa la influencia del escultor Juan de Ancheta con el que colaboró en diversas obras, así como también del escultor Juan de Beauves. Además de estos artistas, uno de los maestros que más le influyeron y con el que más obras colaboró fue su suegro Pierre Picart, de origen francés pero afincado en Agurain - Salvatierra con el que llegó a compartir taller.

Como hemos dicho se casó con la hija de su maestro Picart, Petronila Durán, haciéndose cargo a la muerte de su suegro, del taller en el cual ambos trabajaban desde hacía años. De su matrimonio con Petronila nacieron varios hijos, cuatro de ellos en Agurain - Salvatierra y el resto en los lugares que se trasladaba para trabajar.

Entre sus hijos varones destacó como escultor, el también llamado, Pedro Lope de Larrea, mientras que una de sus hijas contrajo matrimonio con Pedro de Unzueta, escultor que colaboró en diversas ocasiones con Larrea.

Entre sus numerosas obras, destacan las de tipo religioso efectuadas con madera policromada para los retablos e imágenes como el retablo para Guetaria en 1603.

Utilizó el alabastro para el sepulcro de Don Rodrigo de Vicuña y la piedra caliza en los sepulcros de la familia Ordoñana así como en diversos escudos heráldicos para la ciudad de Agurain Salvatierra.

Su obra más destacable  fue la realización del retablo mayor dedicado a la Virgen del Rosario de la Iglesia de Santa María de Agurain – Salvatierra y otro fue el encargo que se le hizo para la continuación del retablo mayor de la Iglesia de Santa María (Valtierra) en el año 1584, donde estuvo trabajando hasta su fallecimiento. Esta etapa final de su vida se decantó hacia una escultura más idealizada.

  1. M. C. GARCIA GAINZA; M. C. HEREDIA MORENO; J. RIVAS CARMONA y M. ORBE SIVATTE, Catálogo Monumental de Navarra. Merindad de Tudela, Pamplona 1980, pp. 407-408.

Salvatierra: Iglesia de Santa María

Se trata de un retablo renacentista (romanista), obra de Lope de Larrea que fue finalizado tras la muerte de éste por Francisco de Foronda.

La policromía del retablo fue realizada por Diego Pérez, pintor destacado de la primera mitad del XVII y de estilo claramente contra -reformista.

Este Retablo de Santa María es un magnífico exponente del romanismo norteño del último tercio del siglo XVI, caracterizado por las composiciones agitadas y anatomías musculosas, presentando en su parte superior algunos elementos que anuncian el primer barroco.

En definitiva, es una de las mejores obras del escultor Lope de Larrea, hijo de Agurain y donde queda patente la extraordinaria calidad de este maestro.

Lope de Larrea y sus obras

Alava y Navarra. — Artística Hermandad

En la hermosa villa de Salvatierra de Alava, se alza con verdadera gallardía, además de la gótica iglesia de San Juan Bautista, una segunda parroquia bajo la advocación de Santa María.

Construida en el primer tercio del siglo XVI, demuestra que imperaba el estilo de renacimiento, pero que todavía no sabe sustraerse a las influencias del arte ojival.

Ese hermoso templo, de fisonomía gótico plateresca, de tres naves, con capillas, está pregonando la grandeza de aquella villa alavesa, que tuvo un Conde de Salvatierra, personaje de altos prestigios en el reino de España, y que fue objeto de predilección, por parte del Emperador Carlos V.

Uno y otro, Rey y Conde, debieron costear en todo, o en gran parte, la gran fábrica del templo parroquial, y así lo pregonan el escudo del Monarca, con el águila bicéfala, y todos los demás emblemas y blasones de su escudo, y el escudo de los Condes de Salvatierra.

El que busque un arte renacentista, podrá encontrar cláusulas y motivos de un estilo ya formado, pero a la vez hallará reminiscencias de un estilo cuatrocentista, no resignado, en absoluto, a desaparecer.

La capilla mayor en que campea, como en las otras capillas, la silueta ojival, se forma por cinco paramentos, que constituyen la quinta parte de la ochava, y que debió quedar en toda su pureza, cuando salió de las manos de los escultores. Acaso detrás del retablo se encuentren algunos ventanales influenciados por uno y otro estilo, por el del siglo X V y por el que comenzó en los primeros años del siglo XVI: lo que sí puede afirmarse, que para no privarlos de su integridad, prescindieron al tiempo de su ejecución, de un retablo propiamente dicho.

A pesar de que ya por aquella fecha, se iba generalizando el empleo de grandes retablos, los constructores del templo de Santa María de Salvatierra, solo pusieron en la capilla mayor un Sagrario, que a juzgar por el resto de la obra, y por ser un aditamento principal, y el mas visible de la fábrica, debió constituir una hermosa pieza renacentista.

Esa fue la única que ocupó la cabecera, haciendo de altar en varias décadas del propio siglo, en que a juzgar por todas las señales, se construyó la iglesia.

Hubo de parecer impropio y raquítico a los parroquianos del último tercio del siglo XVI, y para igualarse con otros templos, y acaso impulsados por prestar apoyo a un artista local, determinaron cambiar el Sagrario primitivo, colocando en su lugar, un retablo, según los gustos de pleno siglo XVI: es decir, una serie de historias guarnecidas por columnas y entablamentos, que todo alcanzase un tamaño capaz de llenar los tres paramentos centrales del octógono, aun cuando perjudicase a la integridad constructiva, y dejase tapiadas y como proscritas, las ventanas que habían de alumbrar esta parte principal de la iglesia.

Dispuestos a llevarlo a efecto, se reunieron los parroquianos que formaban la Junta de Santa María, sacerdotes y seglares, encargados de administrar la primicia, y capacitados para intervenir en el proyecto: y resueltos a dotar su templo parroquial de un retablo, en 16 de Noviembre de 1584, acordaron comisionar la ejecución de la obra a Lope de Larrea y Ercilla, natural y vecino del propio Salvatierra - Agurain.

Este preciso dato documentado, tomado como los restantes, del expediente que obra en el archivo de la citada parroquia, nos descubre un principio de la vida artística de este maestro alavés, diez años antes desconocerlo en Navarra: merced a la competencia y tenacidad del probo y cultísimo Secretario de aquella hermosa e importante villa, Don Fortunato Grandes, que tuvo la bondad de publicarlos en la revista «Euskalerriarrén alde» (1924), conocemos además, que en aquella ocasión, dispusieron retirar el Sagrario, para colocar en su puesto el nuevo altar: que fue llamado Lope de Larrea, encargándole presentara, en el plazo de dos meses, una traza, que había de ser aprobada, y a la cual debiera sujetarse en la ejecución del altar.

No se sabe cual pudiera ser la causa de la tardanza: lo que si consta que hasta después de dos años y algunos meses, es decir, en 1587, no había cumplido Larrea el encargo de los primicieros, porque en este año, presentó dos trazas o diseños.

Viéndose perplejos, creyeron lo mas acertado llamar de Pamplona al maestro escultor, que el señor Grandes leyó Juan de Améceta, el cual eligió el plano que sirvió de modelo, y con arreglo al cual, se habían de comenzar los trabajos.

Para entonces, y sin duda por tener absoluta confianza en que no faltarían sus paisanos a la promesa o palabra empeñada, Lope de Larrea, iba haciendo acopio de nogal y fusta diversa, como materiales para el retablo.

No tome a desaire tan meritísimo investigador que hagamos una observación.
 
Ese Juan de Améceta, que en el intercambio de artistas, figura marchando desde Pamplona, donde tenía su taller y vecindad, a la villa alavesa, es absolutamente desconocido, Sería presuntuoso afirmar, por ello, que no existiera, pero sí puede asegurarse que después de tantas apariciones de artífices, en esta época, la menos expuesta a misterios y nebulosidades, no saliera el nombre de un artífice capaz de contentar a los del pueblo alavés, decidiendo en un asunto planteado con un escultor de verdadera talla artística, en aquellos tiempos.
 

En cambio, en muchas ocasiones, aparece el nombre clásico, y casi indispensable en estudio de trazas, y en estima de retablos ejecutados, residiendo en Pamplona, y con un apellido muy semejante al citado: es el escultor y maestro entallador Juan de Ancheta, cuyo apellido pudiera muy bien haberse confundido con el de Améceta, tomado de papeles borrosos y de escrituras deficientes, y este pudiera ser el maestro llamado a decidir sobre la preferencia de las dos trazas presentadas por el maestro de Agurain Salvatierra.

Debieron surgir diversas incidencias, verdaderas contrariedades para los parroquianos y para Lope de Larrea, acaso sin culpa de ninguno, y solo por el estrecho tamiz porque habían de pasar todas las cláusulas y condiciones referentes a las obras ejecutadas en los templos.

Habían comenzado las obras, luego de la elección de traza, por parte de Juan de Améceta (o Ancheta), y después de muchos años, todavía se hallaba sin terminar. Esa paralización permitió a Lope de Larrea trasladarse a la villa de Valtierra, en el reino de Navarra, sin duda llamado por el ensamblador Blasio de Arbizu, encargado de la terminación del retablo mayor de aquella parroquia navarra, comenzado en 1577 por Juan Martínez de Salamanca, vecino de Calatayud.

Parece que Lope de Larrea era el hombre de confianza de Blas de Arbizu, vecino de Pamplona, que había sufrido fuerte impugnación, al pretender la obra de terminar el citado retablo, interrumpido por muerte de Martínez de Salamanca.

Para no desairar a los parroquianos de Valtierra, y para dar satisfacción cumplida a cuantos esperaban del discutido y hasta despreciado ensamblador, una talla o serie de trabajos finales, parecidos en mérito a los primeros, es decir, por encontrar moros en la costa, que acechaban su destreza y al parecer poca competencia, llamó en su ayuda, a Lope de Larrea, de cuya pericia no podía dudar.

En su testamento otorgado ante el Notario de Valtierra, Don Pedro de Mesa en 1594, Blas o Blasio de Arbizu, nombra con toda claridad a Lope de Larrea, vecino de Salvatierra, y habitante a la sazón, en Valtierra. A juzgar, después de un detenido examen, por los trabajos realizados por otro entallador llamado Juan de Cambray, que aparece algo después de Larrea, este maestro alavés debió ejecutar, sin género de duda, el grupo
importantísimo de la Asunción de la Santísima Virgen, obra renacentista, que puede compararse con las mejores de su género.

Iglesia de Santa María. Retablo tallado en piedra, de San Francisco, atribuido a Lope de Larrea. Año 1588
 
Eso indica que la obra del retablo de Salvatierra se hallaba paralizada en la época de 1594, siete años después de comenzada por el natural y vecino Lope. Otro dato sacado del archivo episcopal de Pamplona, como el anterior, que también obra en la Notaría de aquella villa, indica que algunos años mas tarde, aun podía Lope de Larrea pretender, con ilusión, y sin las trabas que parece debían ser consiguientes, la encomienda y ejecución de otro altar en Navarra.

En 1603 se entabla fuerte pugilato entre Martín de Morgota, vecino de las Casas de Zumelz, en el valle de Yerri, con Lope de Larrea, rebajando el dinero, que era nada mas que ensamblador, una considerable cantidad de ducados, del presupuesto hecho por Lope de Larrea, para el altar mayor de la iglesia de Vitoria, en el valle de Lana, casi en los confines de Alava. Al fin, se le adjudica a Lope de Larrea, que dio pruebas de su destreza, sobre todo en algunas historias, como son la última Cena y la Oración del Huerto. En esas actividades, que habían de hurtarle bastante tiempo, vemos empleado al maestro de Salvatierra, mientras la obra del retablo de Santa María de su villa natal, parece Interrumpida.

 
No necesitaba tanto tiempo para los menesteres de una estima, que parece ser obligatoria entre los entalladores, si habían de estar a la recíproca.

En 1607, acude a la villa de Mendigorría, designado por la parroquia, para tasar en unión con Juan Miguel Urliens, entallador vecino de Zaragoza, comisionado por el escultor Bernabé Imberto, maestro, natural y vecino de Estella, para estimar la obra del retablo mayor y otros trabajos, que el entallador estellés había realizado en aquella villa.

Después de solventar algunas dificultades, que en una y otra forma solían surgir en la realización de obras importantes, debió proseguirse con ahínco, la talla del retablo por Lope de Larrea, para dar cima al proyecto, según la traza presentada. Pero aún le sobrevino la muerte en 1623 sin haberlo terminado. Poco debía faltar, y esto debía ser en el ático, que llaman último banco, cuando determinan ejecutarlo, luego de su muerte, al tiempo de contratar con Juan Pérez de Cisneros, pintor y dorador, vecino de Vitoria, la obra de escritura.

Entre las condiciones impuestas por los parroquianos de Santa María de la villa alavesa, se dice que la pintura del altar debe ser idéntica a la del mismo en la parroquia de San Miguel de Vitoria, y que cada uno de los asuntos y personajes deben ser tratados con arreglo a su significación, los reyes como reyes y los pastores como pastores. Por este otro dato que supo exhumar el bondadoso Don Fortunato, conocemos la fecha fija del fallecimiento de Lope de Larrea, cuya vida artística había comenzado, seguramente, antes de 1584, y termina en 1623. Conocemos asimismo, que en esa comunicación artística, en la que vemos intervenir a maestros navarros en obras escultóricas alavesas, y al escultor alavés en trabajos de arte en la madera en el reino de Navarra, interviene otro navarro, Juan de Bazcardo, que a la sazón, 1623, figura como vecino de Cabredo, y que según los documentos y datos de nuestro archivo diocesano, era vecino de Viana, antes de aquella fecha.

Es llamado a estimar la obra, casi concluida, del Lope de Larrea, en compañía de otros maestros alaveses.

Al efectuar el contrato en 1587, le conceden para su terminación, un plazo de seis años: muchos enojos y no pequeñas impaciencias debieron sufrir todos, paisanos al fin, y considerablemente perjudicados, al prolongarse durante tanto tiempo, y no verse terminado, hasta después de la muerte del escultor principal, que tenía el compromiso de dar cima al proyecto.

La personalidad artística de Lope de Larrea, reflejada en su obra de Santa María, en el pueblo que le vió nacer, se refleja con caracteres perfectamente definidos. Dominio absoluto en un estilo, en la limpidez de sus figuras, y en la disposición de los personajes, en los fondos y paños, nada se encuentra que no sea irreprochable. Los rostros se destacan admirablemente recortados, al igual que los ropajes y todas las actitudes. Es un temperamento fogoso, pero dentro de la finura y delicadeza, características de los escultores de aquel período.

Tiene algo semejante a las concepciones de Ancheta, las escasas que conocemos en Navarra, y en todo se sujeta al estilo vignolesco, rigurosamente académico, y que era el favorito de los entalladores de aquel periodo renacentista.

Se observa estar en franca época de renacimiento español, y las cláusulas y motivos ornamentales obedecen al tema y plan de estos maestros. Es la segunda fase del periodo renacentista, que nada conserva del estilo plateresco, sin ponerse a considerar que aquel templo, en la época de su construcción, tan solo se había sujetado a las influencias de la primera fase del estilo imperante en el siglo XVI.

Por una rareza y capricho del escultor, podemos conocer hasta su fisonomía personal, por haber dejado su auto retrato en doble perfil, no en las imágenes aisladas, de los Evangelistas y Doctores del sotabanco, ni en los bultos o imágenes en escultura, que llenan las cajas de las entrecalles, ni en las historias de la Salutación, Visitación, Nacimiento del Niño Dios, Adoración de los Reyes, Purificación de la Santísima Virgen y Huída a Egipto, sino en una especie de arbotantes al estilo, del gusto plateresco, sirviendo de apoyo desde el sotabanco, a las pulseras de orden grecorromano, que encuadran o determinan las historias y la guarnición. Con la doble silueta, no hay inconveniente en reconstituir el rostro auténtico del Lope de Larrea, que al parecer, tendría entonces, unos cuarenta años, cuando él mismo se retrataba el rostro, por ambos lados.

Este retablo, que consta de tres fajas o bancos, en sentido horizontal, y tres calles con dos entrecalles, tendidas verticalmente, asienta su composición escultórica sobre un zócalo o sotabanco, que por sus proporciones podría considerarse como un primer cuerpo.

Este basamento en recuadros sencillamente moldurados, lleva esculpido en medio relieve, las imágenes de los Evangelistas y de los Doctores Máximos de la Iglesia Latina, todos ellos con una ejecución que en nada desmerece de los buenos trabajos de Lope de Larrea, y aun cuando no constituyan historias, parece puso toda su alma de artista, para conseguir el efecto estético, al ser contemplados por toda clase de personas.

Doctores y Evangelistas, con los diversos atributos, corresponden a los recuadros y hornacinas de las calles y entrecalles, que sobre ellos han de asentarse.

A los lados de este sotabanco, y en la forma anteriormente indicada, el medio de unas volutas, que no los aprisiona surgen las curiosas siluetas o perfiles, indudablemente atribuibles al propio autor, que quiso dejar su fisonomía personal, en la obra de su pueblo, ya que tan bien sabía imprimir el sello de su artística personalidad. Sobre estos sencillos adornos, en que se esculpieron por el mismo autor, los dos perfiles de su rostro, se levanta una especie de pulsera, no exornada con la prolija labor de arabescos, como en los trabajos del periodo del renacimiento italiano y españolizado, sino con la geometría y especie de cadeneta, un tanto prodigada en los armarios y cajones de la sacristía, y que viene a ser como los marcos flanqueando el altar.

Toda su arquitectura ajustada al gusto grecorromano, responde a los diversos órdenes de la arquitectura clásica, en las columnas de sus tres cuerpos, jónico, dórico y corintio, aunque adornado el tercio inferior, con algunos arabescos y grotescos, discretamente adaptados.

Esa guarnición, con las respectivas pilastras, frontones y entablamentos, constituyen los grandes rectángulos de sus tres calles, con las historias exclusivamente destinadas a enaltecer la figura de la Virgen Santísima, a la cual se dedica el retablo y la iglesia. Y como la composición total es muy considerable, y los asuntos en ella representados, son relativamente escasos, el tamaño de cada uno de los cuadros a historias destinados, es también de bastante consideración.

La faja central, hoy desprovista del Sagrario y Tabernáculo, sustituido por otro relativamente moderno, contiene las historias de la Asunción de la Virgen, Coronación en el Cielo, y el ático terminal del Calvario, con bultos de Santos del Antiguo Testamento, a los lados de la Crucifixión, y sobre los entablamentos del tercer cuerpo del altar.

En el primer cuerpo desarrolló el escultor Lope de Larrea, la Salutación Angélica, y la Visitación de la Virgen a Santa Isabel: y continuando el orden de los misterios, en el segundo paño, el Nacimiento del Redentor y consiguiente Adoración de los pastores, y la Adoración de los Reyes Magos venidos de Oriente. En el tercero la Purificación de la Santísima Virgen, y la Huída a Egipto. Con más o menos personajes, ha sabido plasmar las escenas respectivas, sobrias en cierta manera, en los primeros asuntos, más prolijas en la parte superior, pero con los caracteres peculiares del arte que, sin la filigrana de motivos platerescos, y solo con la bondad del medio y alto relieve, de los bultos y guarnición grecorromana, supo sacar a flote obras netamente cristianas y clásicas.

En este retablo de Salvatierra se colocan las calles extremas, de manera que sus entrecalles correspondan al espacio intermedio entre la espina o faja principal, y las otras que hemos enumerado. Esas entrecalles no contienen historias, sino bultos aislados de santos, acaso no destinados a representar todo el Apostolado, sino las imágenes de mayor veneración en la parroquia de Santa María.

Toda la policromía es la que corresponde a los decoradores ornamentistas de fines del siglo XVI y principios del XVII, con estofas ybrocado que realza la superficie y fondos, las vestiduras y diversos  atributos, y pone la encarnación en rostros y partes desnudas, animando la escultura de suyo excelente.

No es Lope de Larrea un adocenado, ni servil imitador de otros artífices, sino que, con personalidad propia, presenta modalidades que le constituyen dominando la profesión, y capaz de trabajar con arte y criterio propio y personal.

Deseando saciar esta especie de hambre investigadora, supliqué al culto y bondadoso señor Grandes, tuviera la amabilidad de compulsar el expediente del retablo de Santa María, para ver si por la lectura, se podía deducir la existencia de un (tasa) artífice distinto de Juan de Ancheta, o si más bien, confundidas las letras centrales, se presta su interpretación por Améceta.

Tan diligente amigo, volviendo al Archivo parroquial, examinó de nuevo, las notas que pueden satisfacer nuestra curiosidad, y en atenta y aprovechada carta, escribe Don Fortunato:

Fui al Archivo de la iglesia de Santa María y tuve la fortuna de tropezar de buenas a primeras con una copia simple de unos antecedentes relativos al retablo, escrito que no había visto hasta ahora y en cambio no he vuelto a ver el expediente que tuve a la vista para tomar las notas que consigné en mi articulejo que V. conoce; he comprobado queefectivamente tenía V. razón al afirmar que el perito debía de llamarse Juan de ANCHETA y no Améceta como yo leí; rectificación que no he podido comprobar en el expediente mencionado porque no lo encontré.

He sacado una copia del informe de Juan de Ancheta que tengo el gusto de acompañarle para su noticia y que creo será de su agrado.» No desacierta el señor Grandes al creer que será del agrado de cuantos se interesen por la historia del arte, y en obras en que intervinieron artífices tan destacados: por ello, trasladando del suyo, copiamos textualmente:

«RETABLO D E SANTA MARIA DE SALVATIERRA DE ALAVA.— COPIA QUE SE CITA.»

 Yo Johan de ancheta, escultor e vecino de la ciudad de Pamplona digo que abiendo venido a esta villa de Salvatierra de Alava por mandado de los señores parroquianos de nuestra Señora Santa María de dicha villa a instancia de su agente y mayordomo de la dicha iglesia que es Domingo Ruiz de Luzuriaga para ver la disposición que hay en la dicha iglesia para hacer el retablo principal y la traza, que para ello tiene fecha Lope de Larrea, escultor vecino de la dicha villa, —digo, que habiendo visto ocularmente el dicho sitio y lugar del crucero de la dicha iglesia, hallo que para conseguir la voluntad de los dichos señores parroquianos para hacer el dicho retablo le hay escogida disposición y lugar para ponerle un retablo de mucha autoridad y en cuanto a la traza que el dicho Lope de Larrea tiene dada para este efecto es buena y conforme al arte y disposición del dicho puesto, excepto que el Sagrario que está hecho de piedra se debe quitar del todo de donde está y hacer otro en medio del altar de el dicho retablo en el sitio dicho y lugar donde y o he señalado y no en el puesto donde está porque estará con mayor decoro en medio del altar donde el preste celebra la misa; y hacerlo contrario es desproporción de la dicha obra y sacarlo de su orden, y para que ello vaya con la proporción que conviene queda señalado y trazado como el primer cuerpo que es el pedestal con el primer cuerpo con un banquillo encima donde carga la caxa (caja) de Nuestra Señora con mas de la obra, y más está señalado el principio que el sotabanco que viene a los dos lados del altar y en ella señalado un asiento para el preste y diáconos a cada parte, y en el lugar donde estaba la custodia de piedra se pone una historia de Nuestra Señora y en la otra parte donde estaban dibujadas las sillas del preste y diáconos se pone otra historia de Nuestra Señora, y más debajo de ellas en el pedestal, en los dos lados de la custodia, y los cuatro evangelistas, y los cuatro doctores, y en los demás lugares y caxas (cajas) están señalados de mi letra la historia y figuras que han de ser hasta el remate del retablo.

 Si otra cosa Vs. Ms. no acordaren y les pareciere, en lo que toca a la disposición que hay del rellano y antepechos a los lados de las gradas, digo que está bien trazado por el dicho Lope de Larrea y la disposición para poderlo hacer está muy bueno y será de mucha autoridad y servicio a la iglesia porque adorna y es cosa conveniente que se haga como está tratado; y además de la autoridad que le da a la dicha iglesia, también se puede hacer aprovechamiento de ella como está señalado en la frontera del antepecho del adorno de la arquitectura donde están señalados seis sitios en cada parte, tres que podrían servir para enterrorios: donde resultará mucho provecho a la iglesia porque el coste de ello será poco, porque el ador no será forzoso y necesario aunque no haya ni sirva de sepulturas y el facerlo como está señalado y trazado es de mucha autoridad salvo el parecer de Vs. Ms. (Vuestras Mercedes) y de quien más entiende este es el mío en razón de lo que Vs. Ms. me han dado: y demás de esto he mirado la madera y materiales que tiene lope de Larrea, son buenos y perfectos y convenientes para hacer el retablo y que el dicho lope de larrea es buen maestro y perito en su arte y se le pueden obras fiar de mucha más cantidad que esta, y dará buena cuenta de ella y quedando con mucha voluntad de servir a Vs. Ms. donde quiera que yo estuviere lo firmo de mi nombre este mi parescer.

 En Salvatierra hoy día de señor San Miguel de mill e quis. (y quinientos) y ochenta y siete años—joan de Ancheta.»

Entre las firmas puestas al final de la escritura donde se inserta el precedente informe figuran como criados de Lope de Larrea, Joan López de Vicuña, y Joan de Goicoechea y Pedro de Larrea, hijo de Lope de Larrea y Joan González de Heredia el mozo vecino de Heredia.

Hagamos resaltar, como lo hace Juan de Ancheta, una apreciación acerca de Lope de Larrea, y del retablo de Salvatierra, comparado con otras obras. A juzgar por l o que dice el escultor azpeitiano y vecino de Pamplona, el alavés Larrea y Ercilla, tenía capacidad para producir obras de mayor importancia.

Hubiérase aumentado el presupuesto, y el grupo de la Asunción sería tan extraordinariamente notable como el de Valtierra, que es de l o mejor que se ha producido en esa clase de historias: y dentro de la magnitud del retablo, muy bien podrían caber otras composiciones de carácter narrativo, distintas de las pocas que constituyen la parte historiada en Santa María de su villa natal.

Con las virtudes y otras figuras emblemáticas, que forman los paneles de los entrepaños, reduciendo los cuadros actuales, para dar cabida a otros, el retablo de su villa natal podría parecerse a otros de mayor movimiento, dejando a salvo la gran destreza en ejecutar, en consonancia con la fecundidad en concebir, de que puede gloriarse el maestro alavés.
TOMÁS BIURRUN.

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