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IV. Golpes y Heridas

Historia Antigua de Agurain > LA VIDA “MORAL” EN AGURAIN XVIII y XIX

IV. Golpes y heridas


Son varias las querellas presentadas en la Justicia de Salvatierra por haber recibido golpes y quedar heridos a consecuencia de riñas tenidas, sobre todo, en el juego de naipes.

Unas veces, por el excesivo vino tomado; y otras, por palabras subidas de tono.


No faltaban tampoco denuncias por malos tratos recibidos de los guardas de aduana o golpes al vecino de la casa anexa al juego de pelota por no devolver las pelotas cuando caían a la huerta; así como palizas dadas por el marido a su esposa.

Estos golpes, con frecuencia, solían tener lugar durante la noche y entre amigos, vecinos o del mismo oficio o profesión.

Los cirujanos, por su parte, jugaban un papel importante en estas querellas por la certificación y diagnóstico que de dichas heridas resultaban.


Año 1681


Criminal por Auto de Noticia en razón de heridas y malos tratamientos a Francisco Ruiz de Gordoa, cura de Ocariz, contra Martín Sáenz de Lacha, vecino de Ocariz.

Una tarde en que el cura iba de Salvatierra a Ocariz, en el término de Mentostea, vio estar con un palo grueso a Martín Sáenz de Lacha en el mismo camino por donde tenía que pasar y creyó que andaría con dicho palo a sacar ganados que hubiesen entrado en heredades confinantes, cuando se lanzó sobre él y le dio un golpe tal con el palo en la cabeza que le derribó en tierra e inmediatamente se puso sobre él y con un puñal que para el caso llevaba le dio una puñalada por la hijada y sintiéndose gravemente herido y maltratado" le dijo "hombre porque haces conmigo esto que ya me has muerto" y no le respondió nada. Dejó allí el manteo y sombrero y se volvió hacia la Villa pidiendo confesión en compañía de un vecino que pasaba con los bueyes que hizo caridad con él y le llevó a Salvatierra para ser curado por el médico y cirujano que diagnosticaron heridas graves con riesgo de perder la vida.

Por la mañana, a eso de las diez pasaba por casa del cura Julio Pérez de Onrrayta, camino de Mezquía hacia Ocariz, para llevar vinos a la taberna y al verle que estaba comiendo algo en la era de su casa le invitó a probar los vinos para que viera que no sólo le invitaba antes de celebrar misa cuando no podía probarlos sino después "y habiendo aceptado el convite el cura sacó de su casa un plato y en él un baso de vidrio con un asa y se fueron a casa de Martín Sáenz de Lacha, zapatero donde probaron del vino los tres. Y el cura le preguntó de donde era y habiéndole dicho que de Viana, le dijo que para de Viana era buen vino, y vio que el dicho cura y dicho Martín Sáenz bebieron así juntos y se trataron y comunicaron amigablemente". Según testigos, un año antes habían tenido alguna palabra de más y caminando juntos junto a un ribazo el cura le dijo que parecía que Martín era enemigo suyo y que le quería mal, a lo que le respondió "asta que le meta a Vm. en este pozo no he de tener bien". Y entablaron cierta riña.

En otra ocasión, estando jugando con otros vecinos tuvieron otro altercado llegando Martín a coger un asador y diciendo que iba a matar al cura.

Sin embargo, por confesión del mismo Martín, habían sido siempre buenos amigos y que había llevado las cuentas en la mayordomía de la fábrica de la parroquia de Ocariz "y nunca entre los dos habido reparo alguno en dichas cuentas".

Lo tenía por "persona honrada, buen christiano, Padre de almas que cumple muy bien con su obligación, quieto modesto compuesto y comedido". Y negó que fuera culpable de lo que se le imputaba.

Pero en una segunda confesión declaró que "habiendose aliado atrozisimamente ofendido y injuriado del B. Don Francisco Ruiz de Gordoa así por haberle ocultado una obligación de sesenta ducados escripia de mano de Don Julio de Mendalde en la cual estaba obligado el dicho cura y María Pérez de Mendalde su madre difunta a le pagar al declarante la dicha cantidad como por otras muchas injurias que de obra y palabra le ha echo el dicho cura que por modestia no dije, le tenía advertido se enmendase y no pareciese en su presencia a solas porque sucedería algún azar y como el dicho cura no se hubiese enmendado, ni entregándole dicha obligación sucedió que sabiendo que el dicho cura estava en la Villa salió al Puesto de Mentostea con animo de hablarle y tomar y dar alguna satisfazion y haviendo llegado el dicho cura le dije se desviase porque sino le havia de acometer y como no lo hiziese le pegue algún palo con que cayo, y después siendo así que su animo no hera mas de darle dos ó tres palos para manifestarle que no tenia animo de hacerle mas mal le mostré el dicho puñal diziendole pues también traia este pero no quiero ofenderle con el y entonces el cura me acometió y asió el dicho puñal y después de forzejear ambos asidos al dicho puñal resulto salió erido, y que su animo no fue de herir ni matar al dicho cura".

El promotor fiscal, por su parte, considerando que Martín había contravenido la ley "llevado de su diabólico depravado belicoso y maligno animo natural, y haber llegado al parricidio voluntario alevoso y cualificado con circunstancias agravantisimas, quebranto del cuarto y quinto precepto del decálogo y haber incurrido en excomunión mayor" pedía para él la pena de muerte "y cortar la mano".

Su abogado defensor replicó ampliamente la argumentación del promotor fiscal atenuando las penas solicitadas.


AÑO 1706

UNA HISTORIA TRISTE EN EL MOLINO DE URGUTXIA

Hoy ya no existe éste viejo molino conocido como de Santa María o de San Jorge. Su historia corre paralela a la de su compañero de San Martín. Perteneció al Concejo hasta ser enajenado en 1810. Se hallaba situado en el Barrio de San Jorge junto al cementerio, lo que hoy es el Convento de los Frailes Claretianos.

La madrugada del 13 de Enero de 1706 tuvo lugar un hecho luctuoso dentro del molino de Urgutxia.

Juan Ruiz de Eguino tenía arrendadas las dos ruedas de la Villa y a su cargo un mozo, Juan López de Gáceta. Según contó posteriormente el molinero, el mozo había salido entrada la noche, de la rueda de San Martín con la llave del de Urgutxia y la intención de pasar la noche en ella. Cuando a la mañana siguiente alguien fue con carga
de grano a moler, encontró el molino cerrado sin que nadie respondiera a sus voces.

Dentro ladraba el perro. Después insistir sin resultado, sospechando que algo anormal había ocurrido durante aquella noche fue a dar parte a los alguaciles de la Villa, quienes se personaron en el molino y al cabo descerrajaron la puerta. Dentro encontraron al mozo ensangrentado y sin vida y sentado "entre la linterna y la rrodilla del molino" con su fiel perro a sus pies, en un principio se pensó que se trataba de un asesinato, para intentar robar la harina, pero al acudir el médico y tras un examen pormenorizado del cadáver, concluyó que le sobrevino la muerte al ser enganchada la ropa por algún diente con la linterna y golpeado cuando intentaba engrasar la propia linterna y palanca de la rueda.

Tenía roto el espinazo y una clavícula. Según declaró el molinero, lo tenía a su servicio desde 1705 con un sueldo al año de 9 fanegas de trigo y un doblón.

Hasta aquí la historia que se encuentra escrita en el Archivo Municipal de Agurain caja 160 – nº 3 , por la Villa de Agurain, sobre lo que ocurrido en el molino de Urguchia aquella fría noche de Enero de 1706.

Año 1718

Información recibida ante la Justicia ordinaria de Salvatierra a pedimento D. José Antonio de Során y Vitoria, procurador trienio provincial de ella, sobre las violencias y excesos cometidos por Juan López de Langarica y Diego de Ocilla guardas de la Aduana de Salvatierra en contravención a los fueros y privilegios de la Provincia de Álava.

Sucedió en 1717. "Después de haber anochecido entraron con imperio y violencia en las casas de la habitación de Francisco de Segura, vecino de Salvatierra y a su mujer Isabela de Astibia que acababa de entrar en ella de vuelta de la ciudad de Vitoria, después de haber vendido en ella una carga de pan y la registraron su persona, y la caballería en que vino; y habiendo subido a los cuartos de su casa con un atillo de siete libras y media de chocolate, que trajo para Juana Aurra mercadera de esta Villa le fue quitado el dicho atillo maltratándola en su persona con empollones y hasta arrastrarla por las escaleras, apoderándose de su propia autoridad, y para sí del dicho chocolate, contraviniendo a la libertad y exempcion de que gozan por privilegios de S.M. los vecinos y habitadores de esta Villa, con cuyo hecho han cometido delito punible de quebrantamiento de fueros... los dichos guardas encontrando a Bernardo de Torres, vecino de Salvatierra junto al lugar de Erdoñana y en paraje despoblado con mucha violencia y malos tratamientos le despojaron de sus vestidos, dejándole en total desnudez, y tratándole con palabras injuriosas y denuestos no usados, ni decentes".


Año 1736

Martín de Gorrochategui
se querellaba, en nombre de Nicolás Ruiz de Alda, contra Manuel de Villarreal y Juan Francisco de Arregui, cuñado, presos en la cárcel por las heridas y malos tratos que le hicieron la noche del 18 de marzo sin motivo alguno "bien hiendo que venía con un palo le dije ten paciencia Manuel y no des al diablo de comer"; y sin más, al primer palo que le dio en la cabeza le tiró al suelo y le propinó otros dos palos más que le llevó a la cama y le impidió ir a trabajar al campo.

Estaba Martín jugando a naipes en casa de Clemente Ruiz de Luzuriaga, en compañía de Joseph Ruiz de Vicuña, Joseph de Echavarria y de un mozo de Guereñu, llamado Belez, echaron un trago y se fueron para casa. Serían las ocho de la noche. Yendo Martín a su casa se encontró en el portal chiquito con Juan de Iriarte, Domingo de San Román y Juan de Gorospe a quienes saludó y Juan de Iriarte empezó a contar a Martín cómo en casa de un vecino había tenido algunas palabras de riña con Manuel de Villarreal en el juego de la flor a treinta y tres. Estando en esta conversación llegaron los dos reos "con poco temor de Dios y desacato de la Jurisdicción real" y ante la postura de Martín de poner paz, fue apaleado y posteriormente curado por D. Andrés de Bordas y Joseph de Rojas, médico y cirujano respectivamente.


Año 1737

Criminal por querella de Domingo de Iturburu, menor, contra Martín de Barrena por golpes y malos tratos.

Estaban pesando un cerdo en el peso real sobre cierta apuesta que tenían y porque no estaba presente el comprador "se desmandó con ira y rabia prorrumpiendo palabras indecorosas y feas en descrédito de mi sangre y christiandad, era un mentiroso, puerco y picaro, por solo haber replicado mirase lo que decía... in continenti... me ha ultraxado, arroxandome en la calle y del golpe tan recio que reciví me alio gravemente enfermo con dolores acervissimos de todo el cuerpo, sin poderme valer de ninguno de sus sentidos".

Fue preso y al final reconoció haberse dejado llevar de la ira y le pidió perdón.

Año 1739

Querella dada por D. Anselmo de Mendivil, residente en Salvatierra, contra Antonio y Martín Martínez de Alangua, hermanos vecinos de esta Villa, sobre una paliza que se dio durante la noche.

Llegaba a casa Anselmo a eso de las nueve y cuarenta y cinco de la noche de Julio cuando los Alanguas "saliendo del pórtico de la Iglesia de Santa María ó sus inmediaciones donde estaban escondidos" le acometieron "con mucho ímpetu y con los palos que á prevención llevaban, fueron tantos y tan graves los golpes que me sacudieron, que de sus resultas me hallo postrado en cama con sus sangrías".

Anselmo pedía a la Justicia las mayores penas para los Alanguas "pues siendo ellos de la plebe más Ínfima tuvieron atrevimiento para poner sus manos armadas en un Hombre Cavallero Noble hijodalgo, notorio de sangre...".

Le reconocieron los cirujanos y testificaron ser verdad. Entre los testigos que presentó Anselmo estaban un ordenado de menores, un diácono y un presbítero quien juró "in verbo sacerdotis conforme a su estado y bajo la protesta de que por su declaración no se siguiese efusión de sangre, ni mutilación de miembro".

Fueron apresados los Alanguas más Matheo de Iparraguirre y embargados sus bienes. Se quejaron los presos de encontrarse en un "ediondo calavozo quasi soterraneo y en parage á donde solamente se ponen los reos de mucha consideración y de delitos atrocísimos que es el sitio más penoso que tiene esta cárcel por su lobreguez é inmundicia" y "que también ellos eran hijosdalgo notorios de sangre y que también obtuvieron empleos honoríficos de república".

Sucedió que estando en el juego de pelota se suscitó la cuestión sobre si Anselmo debía o no la casa en que habitaba la servidumbre de dar a los jugadores las pelotas que quedaban en los balcones, ventanas, tejado y huerta de la casa, negándose a ello y en cierta ocasión Antonio saltó la pared para recoger la pelota. Anselmo los tenía por poca cosa por ser tejedores. Acusó además a Antonio de haber pegado con palos a unos mozos de la Hermandad de Barrundia el día de San Bernardo en que se hallaban en la función que se celebraba en el convento de Barría y en otra ocasión riñendo con el criado de las monjas a quien le sacó la navaja por impedirles pescar en la presa del monasterio.


Año 1754

Tuvo noticia el alcalde que Hipólito Martínez de Guereñu, a causa del vino, había maltratado y herido a Ana de Heredia, su mujer y fue preso, sabiendo "la escandalosa vida que le á dado de años a esta parte de resulta de sus continuas borracheras sin que hayan bastado los apercibimientos y saludables correcciones que con frecuencia se le han dado antes, despreciando tan buenos consejos y faltando al santo temor de Dios y de la Justicia, se le a visto sin enmienda y a escandalizado á toda su vecindad con dichos excesos y maltratamientos".

Como no estaba en condiciones "para el servicio de las Armas y no es justo que se quede sin castigo" fue destinado "al trabajo de lo que se ofrezca en la Plaza y Castillo de la Ciudad de San Sebastián o en los Arsenales que lo quisiese ocupar el señor intendente general que allí reside, por ser de oficio labrador, por espacio y tiempo de un año, que lo cumpla pena de hacerlo doblado en uno de los Reales Presidios de África".


Año 1755

Un lunes, 24 de marzo, llegaba a casa de D. Joachim Francisco de Luzuriaga, alcalde de Salvatierra, un francés llamado Pedro de Castillo natural de Busiet, obispado de Santa María de Oloron, capador de ganados,' cercado de niños y con la cabeza, cara y manos muy ensangrentadas y con voz muy lastimera. Un compañero de su mismo ejercicio, llamado León Flores, con quien pasó la tarde en una taberna de la Villa. Al salir, éste le golpeó al francés y se escapó. Los niños que acompañaban al' herido declararon que venía gritando desde la Madura. D. Diego Ignacio de Arriarán, cirujano, le reconoció y lo envió al mesón de Miguel del Campo.

Reconocido el calzón del herido se encontraron en sus bolsillos, una moneda de 5 r.v., una peseta y un diez y ocheno en plata, y 6 r y 4 maravedís vellón y un rosario ordinario con sus dieces de vidrio azul; cuchillos y herramientas de su oficio que tenía en el bolsillo de la chupa.'

Había llegado a Salvatierra el día 24 de marzo al mediodía para trabajar como capador; a las dos de la tarde se encontró en la calle Mayor, en casa de un zapatero, con León Flores, también capador y natural de Busiet y se saludaron como paisanos y amigos que eran. Flores le preguntó cuándo había llegado a la Provincia de Álava y respondiéndole que el sábado había pasado el Puerto y bajado a la Villa de Zalduendo; Flores quedó pensativo demostrando que no le gustaba su venida. De todas formas, fueron a la taberna que estaba más abajo de la casa del zapatero, esquina de la calle, y sacaron un cuartillo de vino clarete y lo bebieron junto con un guarda gordo varbicano; le compró a Flores una navaja de cabo de latón en 2 r.que se los pagó y también otro cuartillo de vino que sacó de "alboroque"; entre los tres bebieron una azumbre de vino, poco antes Pedro de Castillo había bebido otro cuartillo en otra taberna próxima a la anterior y una libra de pan y un par de huevos.

Al anochecer y después de haber pagado su escote dijo Pedro de Castillo que iría hacia Vitoria y que pasaría la noche en algún lugar del camino. Flores le respondió: bien puedes ir, pero también te encontrarás con otros del mismo oficio; yo te enseñaré el camino. Pero en vez de dirigirle hacia Vitoria lo encaminó hacia Navarra y en un prado le golpeó Flores y dos paisanos escondidos detrás de un árbol. Flores huyó y los alguaciles pasaron toda la noche buscándole por Mezquía, Eguilaz, San Román y Albéniz, dando con él en la iglesia de Ilarduia y al estar en sitio sagrado no podían prenderlo. "Iglesia me llamo y en ella me quedo" dijo Flores. "Pues oigamos misa y luego marcharemos", contestó el alcalde de Eguino. León Flores subió al campanario de la torre con quien se mantuvo varias conversaciones. Dos guardas custodiaban la iglesia para que lo prendiesen en el momento que intentara salir. Como así fue. Le ataron con una cuerda la muñeca izquierda y lo amarraron siendo encarcelado en Estella y después en Salvatierra de donde fue desterrado por dos años.

Año 1756

Ángel Sáez de Adana
se "encontró fatigado de accidentes de estómago y otros dolores interiores todo acia el bientre y partes inferiores" a consecuencia de haber recibido dos golpes "por mano de Santiago de Iturburu hermitaño en la de la Magdalena", aunque ya "antes de estos golpes se hallava acometido de gravissima sarna muí infestada y con grandes dolores de bientre con inapetencia a la comida". Fue medicado por D. Cosme Palacio y hecho preso. Todo esto sucedió el día 25 de mayo, al anochecer y después de la procesión de Letanías, porque uno de los bueyes de su amo Francisco de Soria se había metido en una pieza de la ermita y comía alolba mientras se quitaba una espina en la planta de un pie "por tener rompida la abarca".

Ángel Sáez de Adana falleció a los pocos días. Fue enterrado en la iglesia de San Juan con una "sabana ó camisa blanca de lienzo en la sepultura de su padre y otros interesados que se halla junto a un cepo en que se echa limosna, entre dos columnas, y en la una está un cuadro de Nuestra Señora del Carmen con pintura de Animas del Purgatorio a sus pies".

Año 1758

Manuel de Leceta, mozo soltero, de 25 años y natural de Salvatierra, fue encontrado tendido en plena calle Zapatería, a las diez de la noche del día 6 de enero y encontrado por los alguaciles Alejo de Garagarza y Joseph de Arana. Estaba sangrando de la cabeza y "cargado de vino".

Fue golpeado por Santos Ochoa de Gauna, carpintero; Andrés de Goya y Carlos de Opacua, mozos solteros también y encarcelados a las once de la noche.

Año 1777


Autos de Oficio contra Antonio Ruiz de Luzuriaga y otros mozos, vecinos de Salvatierra.

En la calle Parroquia de San Martín hubo quimera entre varios mozos a la noche, saliendo heridos Juan de Aragón y Pedro Joachim de Gaztaminza. Acudieron los alguaciles y pusieron en la cárcel a diversos mozos que se hallaron en la quimera y continuaron en ella hasta que se averiguase quiénes habían sido los culpables.

En total fueron arrestados ocho y se presentaron seis testigos. Según ellos, Antonio "lebantando un palo aporrado le sacudió á dicho Gaztaminza tres golpes en la cabeza que le dejó aturdido, y después salieron en

su defensa... y viendo que el dicho Antonio continuaba con dicha porra alguien le dijo que vas hacer, quieres matarle, sin ningún motivo, á lo que respondió déjame, déjame".

Habían estado todos juntos cenando o merendando, "pagaron el escote que les correspondió" y luego fueron haciendo ronda con una guitarra. Alguien debió decir "al agua" y empezó la riña y los golpes "dandosen moquetes ó cachetes".


Por lo visto, por la mañana anduvieron por las puertas recogiendo alguna cosa para merendar y tocando la guitarra. Después de comer "echaron un trago de vino y se fueron a la fiesta y tamboril" para después merendar.

Estando Gaztaminza "en la Plaza de San Juan danzando al son del tamboril, llegaron a ella Juachim de Oñate y un Estudiante a pedir una danza y sacaron la danza", pero al llegar unos mozos "vestidos de disfraces" de azafraneros" se opusieron a que danzaran y comenzaron a armar "quimera".

Era martes de carnestolendas, 12 de febrero.


Año 1793

Auto del Real Oficio de Justicia sobre cierta quimera el día 12 de febrero por la noche entre varios mozos resultando herido uno de ellos llamado Martín Ruiz de Luzuriaga.

Durante varias noches andaban "persiguiendo a las criadas de servicio, apagándoles los faroles que llevaban encendidos, rompiéndolos y tratándolas mal de palabra y obra, profiriendo palabras escandalosas, torpes y desonestas y escandalizando al pueblo, rompiendo la paz y sosiego público de que gozaba".

El cirujano vio la herida y por tratarse de la cabeza "la principe del cuerpo y la estación del tiempo" le mandó guardar reposo para no sufrir "consecuencias melancólicas".


Varios mozos habían estado desde las seis a las ocho de la tarde divirtiéndose en casa de Gregorio Martínez de Alangua; después salieron por la calle Zapatería hasta la plaza de San Juan con una guitarra y pandereta y detenidos un rato en la plaza se dirigieron hacia la calle mayor donde se había armado una quimera en la esquina donde habitaba D. Leandro de Osete, entre varios mozos; unos llevaban piedras y otros, palos. Las guitarras quedaron rotas y les dio por jugar a romper faroles a todos las que pasaban por la calle.

Iban un tanto disfrazados, todos de blanco y uno de militar. Todos eran menores de 25 años y solteros. Sus profesiones u ocupaciones eran: herrero, cirujano, tejedor, chocolatero, arriero, ministro de a pie, es decir, empleado en rentas reales y resguardo de la real aduana, cursante de leyes en el universidad del Colegio Real de Oñate, sastre, etc.


Se les apercibió "de que en lo sucesivo se abstengan de tan impropios procedimientos, se conduzcan a una vida cristiana; se aparten de las ocasiones de ofender al prójimo; se recojan a sus hogares y casas al toque de queda y silencio, sin salir de ellas al de las oraciones sin farol y luz artificial; absteniéndose de formar pelotones y juntas en las calles; dejando a las gentes vayan por su camino".


Año 1797

Anselmo Mendibil
, residente en Salvatierra, acusaba a Martín y Antonio Martínez de Alangua, hermanos y vecinos de la Villa, porque sin causa ni motivo alguno tuvieron valor los precitados Alanguas, asociados a un tercero, a las nueve y cuarto de la noche "ora en que por lo común acostumbro recogerme a mi casa, y cuando ya me acerqué a ella, por haber visto que mi consorte estaba gozando de la fresca en uno de los balcones, le manifesté diese orden para que me abrieren la puerta, y no bien havia llegado a sus umbrales, cuando los precitados Alanguas, salieron del Pórtico de la Iglesia de Santa María o sus inmediaciones donde estaban escondidos, me acometieron con mucho ímpetu, y con los palos que llevaban, fueron tantos, y tan grabes los golpes que me sacudieron, que de sus resultas me hallo postrado en cama con dos sangrías curativas de las contusiones que me causaron en la cabeza y en las espaldas, y sino acabaron conmigo y no me quitaron enteramente la vida fue porque con aquel pronto calor pude escaparme…

Delito muy grave y que requiere la imposición de las mayores penas corporales, pero las circunstancias que median lo constituien en grado superior, pues siendo ellos de la plebe más ínfima hubieron atrevimiento para poner sus manos armadas en un Hombre Cavallero Noble hijodalgo, notorio de sangre".

Antonio Martínez de Alangua, de 31 años, declaró que por la tarde hasta el toque de las Ave Marías estuvo en el Juego público de Pelota, y de allí paso con su hermano Martín y con su amigo Matheo de Iparraguirre hacia sus respectivas casas, poniéndose de acuerdo los tres en que después de cenar irían a nadar, y a las ocho y media de la noche se juntaron en las puertas de la casa de Matheo y fueron por la calle arriba, llamada la Parrochia de San Jorge, y bajaron por el portal de San Sebastián, donde se sentaron junto a la casa de Manuel de Amezua hablando hasta las nueve menos cuarto. Martín "saco fuegos para hechar un zigarro"; a las nueve estuvieron hablando con María Angela de Porcel; a las nueve y cuarto más o menos se encontraron en casa de Joseph de Apaolaza en el momento en que salía con su mujer del Portal del Rosario; de aquí cada uno se fue a su respectiva casa.

Al entrar se toparon con el alcalde Francisco Millán de Segura, con el cargo de detención ante la queja de D. Anselmo de Mendibil, con la que no estaban de acuerdo por no responder a la verdad.

En los mismos términos declaró su hermano Martín y Matheo Iparraguirre. Los cirujanos Andrés de Eizmendi y Antonio Fernández de Arroyabe declararon haber asistido a D. Anselmo en su casa con contusión en el parietal derecho, hecha con instrumento contundente como palo, y otra contusión en el homoplato izquierdo.

Un testigo presentado por D. Anselmo, Eugenio de Madina, declaró que a eso de las nueve del día 25, salió de su casa por la puerta de atrás para dar agua a su caballo y sintió ruido de palos procedente de la casa de D. Anselmo, quien daba voces diciendo: "favor, favor", viendo a dos hombres que venían corriendo aceleradamente y marcharon por el Portal de la Madura abajo.

Por su parte. Francisca Pérez de Mezquía declaro que vio a D. Anselmo por la calle pidiendo justicia diciendo al mismo tiempo que los hijos de Gregorio Martínez de Alangua le habían dado de palos en su misma puerta.

D. Fausto Antonio de Zuazo, diácono y beneficiado de las iglesias parroquiales unidas de la Villa, declaró también que vio y dio las buenas noches a D. Anselmo y a D. Gregorio Dombrasas y al poco tiempo vio como D. Anselmo se dirigía hacia el alcalde sin sombrero y quejándose que tres hombres le habían dado palos; preguntado por el alcalde quiénes eran contesto que dos eran los hijos de Gregorio pero que el tercero no lo conoció.

En los mismos términos se expreso D. José Gabriel de Luzuriaga, presbítero beneficiado. Fueron desfilando otros testigos: Fernando de Iturburu decía que por la noche vio como Martín llevaba calzones blancos, mientras que por la tarde eran negros; Juan de Verastegui declaro que a las nueve se fue a la cama y al poco tiempo oyó ruido de palos, al principio no dio importancia creyendo se tratase, por ser día de mercado, de ruidos de forasteros, pero luego asomado a la ventana vio como junto al maestro cirujano Andrés de Eizmendi iba recostado a sus hombros D. Anselmo.

Los tres presuntos reos permanecieron varios días en prisión, separados, con embargo y secuestro de sus bienes.


Año 1803

Joseph de Apaolaza
, padre de Julián, clérigo de menores, acusaba a Melquíades de Oñate, maestro de niños asalariado en Salvatierra, porque hallándose su hijo Julián la noche del día 26 de octubre en la casa pública de juego de trucos de Josefa de Aragón en compañía de Manuel de Elguea ministro montado de rentas reales "al tiempo que principiaron una partida de villar llego el referido Melquíades y respecto de que proporcionaba la suerte del juego diversión para los tres dejando aquella empezaron con otra de nuebo en cuio intermedio como se presentasen algunas jugadas de bastante habilidad suponía el citado Oñate que solo el podría hacerlas, ciertamente que executo algunas con bastante primor y esto mismo fue causa de engreírse sobre manera de forma que por solo haberlas facilitado", Julián de Apaolaza se abstuvo, por lo cual Melquíades se encolerizo sobremanera contra él "pues después de haber prorrumpido en altas voces y en palabras obscenas que no dan lugar a la pluma le amenazo con el taco diciéndole metería por la boca con otras amenazas a este tenor" y descargo sobre él un fuerte golpe "con notorio escándalo de los asistentes".

Subieron dos sacerdotes, Juan Lorenzo Ochoa de Alaiza y Marcos López de Aberasturi, que se encontraban en la misma casa para calmar a Melquíades, persona -por otra parte-non grata para el pueblo cuyas quejas eran notorias de no dar buen ejemplo a sus hijos.


Año 1826

Información sumaria recibida a consecuencia de un tiro disparado en la calle mayor por la noche del día 22 de enero.

Andaban de ronda el alcalde Pedro Andrés de Zabala y sus alguaciles cuando oyeron un tiro observando que junto a la casa de Pedro Martínez estaban los tacos ardiendo y que por la calle arriba hacia San Juan se dirigían dos o tres hombres que al parecer eran de los Voluntarios Realistas de Salvatierra vestidos con uniforme de tales.

Según uno de los alguaciles, Manuel Galarreta, oyó el disparo cuando subía del portal de la Madura hacia la plaza de Santa María. Pero ni testigos ni otras pistas pudieron dar con el autor del disparo quedando abierta la sumaria.


Año 1830

Criminal de oficio a consecuencia de la herida causada a Tomás de Aruquin.

D. José Esteban de Bustamante, alcalde de la Villa "a las ocho horas de la noche andando reconociendo los puestos públicos y tabernas con el exacto cumplimiento de su obligación de asegurar la tranquilidad y evitar todo motivo de inquietudes y quimeras se encontró en la calle pública con gentes que según sus gritos y amenazas parecían estar en riña y aproximándose á ellos vio que estaban en una turbulencia desagradable originada en la taberna de Bentura Madinaveytia, donde se encontraban varios vecinos, habiendo de sus resultas salido herido un hombre y empezaron una disputa entre Ignacio Zabala, yerno del "tambolintero" y Ramón de Gorospe sobre cuál de los dos tenía más fuerza, alardeando aquel de llevar a este a hombros.

Terció Tomás diciéndoles que "era mejor fuesen a sus casas sin handar en aquellas botaraterias y entonces incomodado de esto Ignacio Zabala" le agarró del chaleco del pecho y forcejeando le sacó hasta la calle y le dio un jarrazo en la frente con vino y todo.

Año 1841

A las doce de la noche había tenido lugar una quimera entre Bentura Madinabeytia, arriero y labrador, casado, 56 años y Bentura Alday, del Cuerpo de Carabineros de costas y fronteras de la que resultó éste herido. A consecuencia de las voces acudió la Guardia de prevención y apresaron a Madinabeytia y sus convecinos Pedro Arana y Faustino Ortíz.

Bentura Alday
en compañía de Cándido Iturrospe al ver que había gente en la cocina del tabernero Madinabeytia subieron y pidieron un cuartillo de vino

y se les negó obligándoles a marcharse de su casa; saliendo con ellos la criada del tabernero con un candil encendido, el tal Alday lo apagó y tiró al suelo. A punto de llegar a su aposento llegó Madinabeytia y "sin hablarle una palabra le sacudió un tan fuerte garrotazo que le hizo caer en tierra, repitiendo otro golpe en la cabeza y en medio de su atolondramiento pudo asirse del palo ó garrote con que se le maltrataba, y daba voces al propio tiempo para ser ausiliado, en cuya virtud acudió un oficial de la guardia de prevención y también el sargento que se halla alojado en casa de Alday así como varios soldados".

Alday en cuanto reconoció a Madinabeytia dijo: "Ese, ese fuerista es el que me ha herido".

Algunos de los soldados se llamaban Melendez, Morillo y el sargento Herreros. Madinabeytia, por su parte, declaró no conocer a Alday; y éste, al ver que sus heridas eran leves, optó por no querellarse y pidió perdón "de todo corazón".

Año 1843

Agustín Zañartu
, casado, labrador de 29 años, natural de Troconiz y vecino de Mezquía, fue condenado a tres años de prisión en cárceles peninsulares por haber herido con una navaja a su padre. Etc.

 
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