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Fábrica de Velas y Bujias

Fábricas Desaparecidas


ELABORACION DE VELAS Y BUJIAS EN AGURAIN


    INOCENCIO  NAFARRATE

     Kepa: RUIZ DE EGUINO


HISTORIA DE LA FABRICACION DE VELAS Y BUJIAS EN AGURAIN


Las velas son objetos luminosos con una mecha de fibra ó algodón introducida en un cilindro de cera u otro material graso. Ya se utilizaban en el Edad de Hierro en Europa, existen testimonios arqueológicos que hace 30.000 años  se utilizaban un tipo de vela que consistía en verter aceite o grasa sobre una piedra ahuecada a tal fin, y utilizaban  estas como lámparas para hacer pinturas rupestres como las que se esparcen por todo el Norte de España y Francia, etc...



También se sabe que los romanos utilizaban velas de cera de abejas y las velas de sebo (grasa animal) comenzaron a utilizarse en la Edad media en todo Europa.

En el siglo XVIII se fabricaron por primera vez velas con una cera obtenida a partir de aceite de ballena.

Desde mediados del siglo XIX, las velas de sebo fueron sustituidas por las bujías de mezcla de parafina, ácido estático (un ácido graso sólido) y cera de abejas. También se usan aceites hidrogenados vegetales y otras ceras.

El método más antiguo de fabricación de velas es la inmersión de la mecha, hecha por lo general de fibras de lino o de algodón, en la cera o la grasa fundida. La mecha se extrae, se deja enfriar y se solidifica al aire. Con inmersiones sucesivas se conseguía el grosor deseado. Las velas tradicionales se fabrican todavía mediante inmersión, pero la mayoría de las actuales suelen moldearse en máquinas.



Han existido en nuestra villa al menos dos fábricas en el siglo pasado dedicadas al la elaboración artesanal de velas, la de la familia Nafarrate y otra traída por industriales guipuzcoanos de Zumarraga.


Fábrica de velas y bujías de D. Inocencio Nafarrate



Historia de la fábrica de velas y bujías de Salvatierra – Agurain


Para encontrar el origen de la fábrica de velas que existió en lo que se llamaba Carretera General, hay que remontarse a finales del siglo XIX o a principios del XX a la fábrica que D. Norberto Nafarrate tenía en San Sebastián, en la calle Zabaleta B, teléfono nº 12-30 .



Hacia 1920 esta fábrica se trasladó a Salvatierra, montándose en la calle Zapatari, en la casa que hace esquina con la plaza de San Juan.

Le sucedió su hijo D. Inocencio Nafarrate, casado con Dña. Rosa Oquiñena, quien hacia 1930, trasladó el taller a la casa de los Oquiñenas, en la Carretera General, antigua N-I, donde hoy está ubicado el Club de jubilados; fue socio del negocio D. Javier Oquiñena y cuando falleció en 1953 y luego D. Inocencio en 1957, el negocio, ya en sus finales y liquidación, pasó a nombre de Vda. E Hijos de I. Nafarrate, cerrando definitivamente en los años sesenta del pasado siglo.- (anexos 2, 3 y 4)

El proceso de producción parece muy sencillo, basándose en las leyes físicas de la adhesión de la cera, de la parafina o de otros productos fácilmente licuables y con un endurecimiento rápido por enfriamiento, lo que permite que, por un lado, cada baño o capa se adhiera en un proceso continuo, sobre el anterior y por otro, se pueda mantener el caldo líquido, a la temperatura adecuada sin exigir grandes instalaciones ni elevados costos de energía.

Sin embargo, este proceso que teóricamente es sencillo, exigía muchos años de experiencia ya que, un aumento o disminución de la temperatura del caldo arruinaban todo el trabajo realizado y había que deshacer lo producido y volver a empezar.



El proceso de fabricación, muy artesanal, precisaba de una caldera de vapor, bastante grande, parecida a la de los barcos de entonces, construida por astilleros Balenciaga de Zumaya, para producir agua caliente y vapor para fundir el caldo de cera en una paila; el caldo se pasaba con una cuchara o cazo de mango largo a un recipiente llamado “noque”, que estaba metido en un depósito con agua caliente, donde se mantenía a la temperatura que aconsejaba la experiencia; el sistema es lo que vulgarmente se llama al “Baño María”.

El caldo podía ser de cera virgen o mezcla con diversos porcentajes de parafina..Las que tenían un porcentaje de cera superior al 60%, llamadas de máxima, llevaban un sello en purpurina dorada indicándolo y la parte baja de la vela coloreada con anilinas rojas.

Se utilizaban para usos eclesiásticos. Las de parafina con bajos o nulos porcentajes de cera se empleaban para usos domésticos. Todo ello en función de la liturgia, las exigencias de los clientes y de los precios.

En los tiempos de escasez de parafina se utilizaba un sucedáneo llamado “carnahuba”. Esto ocurrió en los años 40 debido a que la parafina es un derivado del petróleo que estaba racionado.



Sobre el depósito donde estaba el caldo, “el noque”, había un armazón heptagonal que colgaba del techo y que se llamaba rueda o arillo. De cada uno de los siete lados de este armazón (también había alguno de ocho lados) colgaba una tablilla con veinte hembrillas, y de cada una de ellas se colgaban las mechas, base de cada vela, tensadas con un contrapeso de hierro. Había cuatro ruedas con sus correspondientes noques.

Al iniciarse el proceso, se bajaba la primera tablilla con sus veinte mechas para bañarlas en el caldo del “noque”, se sacaban y se proseguía girando el anillo con la siguiente, de tal manera que, cuando se terminaba con la séptima u octava, la primera ya estaba fría y dura y se reiniciaba el proceso para adherir otra capa y así, ir progresivamente aumentando el grosor hasta alcanzar el diámetro deseado.

    Para mantener los calibres y la rectitud de la vela (de ahí viene la frase “derecho como una vela”) se utilizaba una pieza metálica con tantos agujeros calibrados como velas había en cada tablilla. Esta pieza se llamaba terraja y servía de control y calibre en cada vuelta y al final.

Se dejaban enfriar totalmente, se marcaban con los porcentajes de cera y parafina, se embalaban y ya estaban listas para su envío al cliente, iglesias y comercios, generalmente ultramarinos.



Las velas que se utilizaban en el consumo doméstico llamadas bujías eran de unos veinte cms., se partía de las de 60 cms que se cortaban en tres pedazos, se les sacaba la punta con un aparato llamado cabecero, que fue inventado por el Sr. Inocencio Nafarrate en el que las bujías se introducían en unas bocas con forma de cúpula puntiaguda. Este aparato se calentaba con vapor, el calor derretía la parte superior como si fuese un sacapuntas de lápices. Estas bujías se vendían en grandes cantidades y su precio debía de ser muy ajustado por lo que se utilizaba la parafina por ser más barata que la cera de abejas.

También se fabricaban otros productos, como las lamparillas de iglesia que se hacían vertiendo el caldo generalmente parafina o estearina, en un recipiente metálico normalmente cilíndrico y con una mecha en el centro, flotante o no. También cerilla o cera hilada que era una vela muy fina y larga, que se enrollaba en unos soportes rectangulares o cilíndricos y se usaba en entierros y épocas de duelo. Otro producto eran las pastillas para encerar el suelo de madera en casas u otros edificios usadas también por los zapateros.

El desarrollo y la popularización de la electricidad para el alumbrado o del pinky para los suelos fue acabando con el uso de las velas y de los otros productos. Hoy sólo quedan para usos eclesiásticos y como emergencia para cortes de luz o como objetos decorativos. Su producción es pequeña y está en manos de artesanos que a las artísticas las colorean, perfuman y decoran. También en la fábrica del Sr. Nafarrarte se hacía este tipo de velas, pero su consumo era mínimo en aquella época, por lo que por sí solo no justificaba la existencia de una industria, dada la imposibilidad de mantener los gastos de estructura, las instalaciones, la maquinaria y el equipo humano. En los años veinte y treinta había en la fábrica unos siete obreros, haciendo velas y otros productos y preparando envíos y haciendo cajas de madera para embalaje (también el cartón acabó con ellas).



Las velas se enviaban a través del ferrocarril. A la estación las llevaba el Sr. Centol con su carro tirado por un burro. Desde Salvatierra se remitían a toda España sobre todo en la época de Semana Santa. Los principales clientes estaban en Sevilla, Zamora, Navarra y Aragón. Otro destino muy importante era la Guinea Ecuatorial, que en los años 1930/1940 no tenía electricidad. Los envíos se hacían por el puerto de Bilbao.

Todas estas circunstancias, tal y como antes se ha dicho, llevó al cierre de la fábrica en los años sesenta del pasado siglo.

BIBLIOGRAFIA

Archivo Municipal de Agurain
Archivo Municipal de Vitoria - Gasteiz
Elías Ruiz de Alegría Ruiz de Larramendi (artículo historia de la fábrica de velas)
Jesús Ruiz de Larramendi Echeberria.
Jaso Ruiz de Alegría


 
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